28.7.10

herencia

Me has dado este viento particular que me empuja para la vida acariciando almas desprotegidas; el aliento para andar y desandar caminos si el final es el mejor paisaje; el espíritu para viajar por los horizontes y navegar dándole el gusto salado al mar. Me has dado las alas para volar, el coraje para saltar. Tanta valentía no hubiese sido posible si vos no estabas ahí, remontándome como un barrilete, desafiándome a encontrar un destino mejor y a esquivar obstáculos, saltar vallas, superar límites, vencer.

Esta sonrisa no es mía, es tuya; por lo parecido, pero también porque vos me la provocás, vos me hacés sonreír. Mis palabras son el resultado de tus cuentos, de las historias narradas y de las inventadas que eran las mejores. La autonomía para pelear contra lo invisible es el resultado de tu independencia librándose batalla en las sombras de lo que asusta. Esta imaginación, la magia de mis actos, no es más que una breve síntesis de la niña que vos llevás adentro y que me enseñó que no hay otra manera mejor de vivir que jugando con la vida como si fuésemos amigas.

Me has dado las fuerzas para no quedarme parada en un mismo lugar, porque siempre hay otros para explorar. Me has enseñado que la vida es sin muertos, que hay una sola, que el pasado la forma pero no debe habitarla, que hay tantas maneras de ser feliz como rizos de colores en el reflejo del pelo siempre dorado de una niña que se mira en el lago. Me has querido tirar al río, pero nunca me soltaste del hilo invisible o casi imperceptible que nos une y no nos condena, nos alimenta con una fuerza envidiable. Me has dado este cuerpo y la manera de conducirlo, el alma y la forma de nutrirla, me has dado razones y me has provocado las más bonitas sensaciones.

El resto de lo que me den, de ahora en más, será condimento puro. Porque vos me diste lo más importante, me diste la vida mamá.

25.7.10

24.7.10

por la tangente del camino

Es de esas mujeres seductoras por naturaleza, no hay una belleza más absurda que la que ella carga en ese cuerpo de escasa altura y un ancho entrado en centímetros. Y, sin embargo, no ha habido hombre alguno que se haya resistido a esta mujer de sangre caliente, corazón rimbombante y sensibilidad a flor de piel.
Es de esas mujeres que se miran al espejo y no encuentra más que un acertijo; ¿qué ven?, se pregunta; o mejor aún, ¿qué buscan en mí?. Y la diaria se vuelve un remolino de libido rondando sus contornos, el deseo ajeno luchando contra su aura para tocar, al menos de lejos, ese cuerpo. ¿Y acaso nadie se ha preocupado por su alma?
Es de esas mujeres que creen que el corazón es grande, que los afectos se sustituyen y que el amor es una herencia; es decir, si un día el amor dejaba de ser un hombre para convertirse en un nombre que se enclavaría en las redes del olvido, era porque le pedía asilo al pasado; alojarse allí, justo allí, donde la ruptura de la relación fuese un trampolín para dar un salto, un puente para cruzar, una manera de llegar a otro lugar. Uno mejor.

Tiempo después de ser exactamente ese tipo de mujer (quizás mágica, maravillosa, única), algunas cosas pasaron. De tantos amores, dos se cruzaron en el mismo tiempo y espacio, y el problema no fue el cruce, fue que eran dos amores con dos razones diferentes, opuestas. Para darle mayor claridad al asunto: ella es de esas mujeres que ha sabido amar y que por eso ha compartido su vida con el hombre que a lo largo del tiempo ha tenido el coraje de convivir con ella, el tiempo que haya podido hacerlo; y el amor, a veces, implica infidelidad. Ella a veces amó, muchas se enamoró y una que otra, fue infiel. Pero hay un momento de la vida, en donde las cosas giran abruptamente sin pedir permiso; hay un momento de la vida en donde terminamos fuera de los planes, parados en el extremo vertiginoso de un precipicio, y sin sogas para sostenernos. Ese día llegó, y el ocaso se extendió tanto, que el amor oscilando entre dos hombres se volvió una costumbre extensa.

El desgaste del corazón fue terrible. Hubo uno de esos dos hombres que se llevó su voluntad, el otro su autoestima. Las ganas y el deseo se deshicieron entre el forcejeo de una misma cuerda tirándose de dos puntas. El amor se perdió entre las sábanas de camas alquiladas, entre proyectos materiales de un auto y una casa, en la mudanza de un corazón deambulante que buscaba un lugar de amor verdadero en donde quedarse. Pero si su amor por ellos no hubiese llegado a ser amor, ¿qué esperar de ellos? Quizás la existencia de ambos en el mismo momento, haya sido un préstamo para acallar sus inseguridades que, más tarde, se pagaría con altos intereses de soledad.

Lo cierto es que con ellos se perdió, por la tangente del camino de su vida, la magia que alguna vez la hacía una mujer especial. Solamente ella podía serlo y como cuando se tira la cadena del escusado, con una sola decisión mal tomada, los dos dejaron que una corriente más parecida a una crecida la arrastrara, y que no se llevara la mierda (o quizás sí, si algo parecido eran ellos). Esa corriente se llevó lo mejor de ella. Se quedó sin disfraces para divertir, sin la dulzura para hocicar, sin el tacto para mimar, sin las luces rojas en la habitación para entonar, sin las veladas románticas. Se quedó, lamentablemente, sin sueños. Primero sin lo de ellas y después, con los de ella, para no compartir con nadie más.

Ella es de esas mujeres, ya se ha dicho, que cree que es posible volver a enamorarse, volver a amar. Entonces él apareció. Y llegó, quizás, no lo sé, con las mismas grietas en el alma por las que se fueron lo mejor de él. Ya no habría más cenas con velas, canciones románticas, letras escritas por sí mismo expresando amor, vallas saltadas, postas pasadas, entrega absoluta; ya todo había sido dado. Es decir, el champagne ya estaba descorchado para él también, y con otro mujer.

Yo diría que es probable que juntos vivan los días que le quedan hasta el final pero será, seguramente, una historia en blanco y negro; quizás algunos matices, grises o chispas sepias que den movimiento al trazo mediocre de la tinta que escribirá esas dos vidas. Lo mejor de cada uno quedó en el pasado, se fue por la tangente del camino. Entonces, sobre seguro, no habrá más para dibujar que una postal común.
O pienso, tal vez, entre los dos puedan juntar sus mitades y montar un bonito rompecabezas para jugar armando y desarmando, reinventándose en el ajuste impreciso de dos piezas buscando la felicidad. Quizás así, sólo quizás, terminen encontrándola sin saber a ciencia cierta que de otra manera la hubiesen encontrado. Sólo ellos, dos piezas usadas, pero exactas.

21.7.10

retiro lo dicho

Retiro lo dicho, si lo que querías eran silencios, te juro que retiro lo dicho.
Y entonces no me pidas que te diga que sí cada vez, justo después de decirme que ya no diga nada más.

la diferencia

¿Cuál es la diferencia entre sentir y pensar?, me preguntaste. Entonces te dije que no podía explicártelo. Entonces me presionaste, porque sabés que cedo ante la soga al cuello, que soy cobarde para renunciar de manera definitiva a las cosas; solamente me doy por vencida cuando dejan de provocarme. Más insististe, ¿cuál es la diferencia entre sentir y pensar? No tenía palabras, por primera vez en mi vida el silencio era existencial, y del ruido que hacían las ideas, no salía ni una sola explicación. Fue una pregunta seca, concreta, abstracta, ensordecedora. Entonces puse en funcionamiento el armamento de la memoria, pero ni aún así podía responderte. ¿Alguna vez sentí y no pensé? ¿quizás sería algo así como las ganas? ¿y cuántas veces hice lo que tuve ganas sin pensar? Casi ninguna. ¿Vas a decirme? No. No sé. Puedo decirte lo que significa pensar, puedo contarte una a una las sensaciones, la de dolor angustia felicidad amor alegría gloria o pena, puedo describírtelas, todas. Pero no puedo decirte la diferencia entre pensar y sentir porque no sé, creo, cómo se hace para vivir las sensaciones sin palabras. Si escribís este beso, dijiste, es porque todavía no sabés sentir sin pensar. Y entonces esquivé tu boca.

14.7.10

anteojitos

Él está en el rincón de esa oficina masculina, y en el instante que ella ingresa, todas las miradas de esos hombres supuestamente abocados a sus tareas, se posan en su cuerpo como mariposas que exhaustas buscan descansar en su pelo revoltoso, en sus brazos, en su espalda, en sus piernas y en lo que hay entre estas dos partes. Y eso que su cuerpo no es un precipicio hacia el belleza, sino por el contrario, es más bien un cuerpo sencillo. Será quizás que detrás de ella se mueve un Cupido buscando ansioso al hombre indicado que fijará la mirada en el punto exacto.

Él está en ese rincón que es como un codo. Escondido en ese espacio, sin embargo, la mira a través de sus anteojitos muchas más veces que el resto de los hombres de esa oficina, porque desde ese ángulo la ve pasar cuando ella camina por el pasillo. Va y viene, con los ojos de él, por ese largo y angosto pasadizo que solamente conduce al deseo implacable de ese hombre de anteojos que la anhela y que no sabe si algún día la tendrá. ¿Cupido no se habrá dado cuenta que es el que más y mejor la observa durante el día?

Y ella entra, da un vistazo rápido al escenario y muy velozmente, por el rabo del ojo, encuentra esos anteojitos que nunca sabe si la están mirando o no. Parecerían ser cuatro ojos y, sin embargo, no sabe si alguno le pertenece. Mientras tanto Cupido avanza, ansioso, por esos rostros pegajosos que se prenden a su cuerpo pero que nunca se detienen en el lugar preciso. ¿Es que acaso no han visto esa sonrisa que es herencia de su madre? ¿O el legado de su padre, un pedazo de ojos negros?

Para seguir restando flechas al heraldo, ella se detiene un par de veces al día, en un escritorio o quizás dos, para resolver las mismas cuestiones operativas del trabajo diario. Y ese escritorio nunca es el de anteojitos. Fulano o Mengano responden a sus preguntas y resuelven sus cuestiones, con la premura de un hipnotizado. Y ella, hasta torpe, sale dialogando con Cupido sobre los motivos del asombro masculino en esa oficina: siempre está despeinada y ojerosa, caminando como una verdadera latina en su aldea. Y Cupido responde que es la luz del ángel, un aura que se ha vuelto hasta inservible porque el príncipe no aparece.

Ese martes, colgada de la realidad más material, apurada y arrebatada como siempre, entra fugazmente a la oficina y ni Fulano ni Mengano estaban para solucionar sus problemas laborales. Entonces ella se para en el medio de la oficina, rodeada por escritorios que se parecen más a cuevas de buitres al acecho. Lanza una pregunta abierta para que alguien le responda y, desde ese rincón que se parece a un codo, anteojitos da una contestación detrás de esos vidrios y en dos palabras resuelve el acertijo. Entonces ella agradece y gira para salir. De repente se le cae una hoja y cuando voltea para alzarla, él se había sacado los anteojos. Y fue como si a Cupido le hubiese picado la espalda y cuando estaba por rascarse, da la vuelta, y encuentra esos ojos verdes que la miran, no a ella, sino a su aura. Cupido, maravillado, dispara su flecha. Un nuevo amor está por nacer. Y en ese segundo exacto, ella dice: “la hoja que se me cayó es el telegrama de renuncia”.

3.7.10

droga naranja

Escribió la carta más olvidada del mundo. Nadie, ni siquiera ella, recordaría esas letras difusas que se fueron acomodando, desordenadas, en un papel de cocina para anotar las compras del día.

La tarde era bella y el mensaje era triste, ¿hay angustia más honda que las despedidas? El espejo gigante, el patio soleado, el desorden habitual de la casa…los recuerdos.

Primero una pastilla, después la otra, y el pretérito perfecto de una vida se ahogaba en un vaso con jugo de naranja. ¿Esa era la soga para el destino del pasado? No habría más presente a dónde continuarlo.

Cayó exhausta. El prospecto advertía: sobredosis de zolpidem y clonazepan es igual a deterioros leves o a finales fatales. ¿Cuánta cantidad? Con jugo de naranja la cobardía tenía más propiedades: retrasa el envejecimiento, recupera de enfermedades, ayuda en el crecimiento, ¿con eso era suficiente? ¿Así el trastorno era más higiénico? Lo terapéutico es el dolor…el que se deshace en las razones, pero no en las sensaciones.

Con el último suspiro caminó hasta su cama, la carta quedó en la mesa, y el jaque mate ya estaba cantado. Apenas después de taparse, recuerda el rostro de papá diciendo: “el prospecto decía mantener el medicamento fuera del alcance de los niños; creí que habías crecido.”